Los grupos de reflexión, los clubes de expertos y las cátedras de investigación producen una gran riqueza de conocimientos intelectuales y estratégicos. Pero esta experiencia, a menudo repartida entre unos pocos miembros clave o concentrada en actos puntuales, corre el riesgo de erosionarse si no se estructura, transmite y capitaliza de forma proactiva.
El primer paso es formalizar los conocimientos producidos: publicaciones, notas de análisis, resúmenes de trabajos colectivos, informes de debates o conferencias, etc. Esta documentación debe centralizarse en un espacio digital seguro, indexado por temas y actualizado periódicamente.
En segundo lugar, es esencial promover la experiencia individual: entrevistas filmadas, podcasts de expertos, contribuciones a obras colectivas. Estos formatos garantizan que el pensamiento de nuestros miembros perdure, al tiempo que lo hacen accesible a un público más amplio.
La tutoría desempeña aquí un valioso papel. Permite a los expertos veteranos transmitir sus métodos de análisis, sus fuentes y su enfoque intelectual a los jóvenes investigadores o profesionales. Se pueden formar parejas para proyectos, publicaciones o grupos de trabajo.
Las estructuras también pueden organizar jornadas de transmisión, ciclos de formación interna o actos de «archivo viviente» en los que los miembros compartan momentos fundacionales, controversias y elecciones pasadas.
Crear una red de antiguos colaboradores también es una buena idea: ayuda a mantener los vínculos con los antiguos miembros y a difundir el pensamiento del grupo en otros ámbitos (empresas, instituciones, medios de comunicación, etc.).
Por último, hay que considerar la gobernanza del conocimiento a largo plazo: ¿cómo podemos hacer un seguimiento de lo que producimos? ¿Quién es responsable de su memoria? ¿Cómo se puede hacer accesible este conocimiento a futuros colaboradores?
Preservar y compartir la experiencia significa dar vida a la misión del Grupo mucho más allá de las personas presentes.

